ORFEBRE DEL VALLARTA MÁGICO


Javier Niño, sin duda, ha sido factor determinante en la historia del arte vallartense tanto por la importancia pilar de su propia producción artística como por su decidida intervención en el desarrollo y promoción de las artes en el puerto. En su ya larga trayectoria artística, que sobrepasa cuatro y media décadas de plena dedicación a la pintura, ha creado un muy extenso conjunto de obra valiéndose de una amplia variedad de estilos y técnicas. A principio de los setenta su trabajo apareció con solidez en el ámbito artístico del puerto y, en consonancia con la obra de Manuel Lepe, en cuanto a su contenido temático y a la apreciación general otorgada por el público, coadyuvó al establecimiento de un estilo artístico que define y representa la identidad cultural de Puerto Vallarta en nuestro país y en el extranjero. Javier Niño nació en 1950, en un Puerto Vallarta de apenas cinco mil habitantes. Un pueblo totalmente aislado, accesible sólo por barco o brechas de camino a caballo; un lugar salvaje, alejado de la civilidad y cultura de otras latitudes. A muy temprana edad manifestó su interés y facilidad para el dibujo. Cobró cierta fama entre sus compañeros de clase en la escuela primaria a partir de los dibujos y caricaturizaciones que de ellos hacía. En el curso de la adolescencia, Javier Niño continuó desarrollando su natural talento mediante el uso de grafito y tinta. Podría decirse que esta, su primera etapa artística, fue la que mayor cercanía guardaba con el estilo propiamente naif, en cuanto a que, carente aún de técnica y conocimiento académico, era el resultado puro de la intuición creativa y, en una relación sujeto-objeto, su pintura reflejaba la realidad circundante, con un trazo básico y composición elemental, sin perspectiva ni volumen, y con la utilización de colores planos. Durante esta época Javier conoció a Manuel Lepe. Cada día, al salir de clases, en el trayecto que iba de la escuela hasta su casa, Javier pasaba por la tienda de abarrotes, propiedad de la familia Lepe, en donde Manuel trabajaba. Manuel Lepe tenía por costumbre pintar en sus ratos libres sobre papel de estraza, del mismo que se utilizaba para envolver las mercancías de los clientes en el negocio familiar, generalmente acuarelas, que luego colgaba como decoración en las paredes de la tienda. Javier Niño, por supuesto, se convirtió en visitante frecuente, no exactamente en calidad de cliente, sino movido por el interés de observar las pinturas y quizá, de intercambiar algunas palabras con el artista quince años mayor que él. Alguno de esos días, Manuel Lepe decidió regalar a Javier un estuche de tintas para dibujo. Muy pronto Javier Niño regresaría con Manuel Lepe a mostrarle una serie de trabajos que había realizado con el uso de esas tintas y por los cuales, no solamente recibió elogios, sino que Manuel ofreció además, con generosidad y simpatía, comprarle los dibujos. En 1965, a los quince años de edad, Javier Niño es ganador del primer lugar en un concurso de pintura convocado por el Club de Leones cuyo premio consistió en un diploma y una moneda de oro, que luego Javier Niño habría de utilizar para costearse su primer viaje a la frontera norte. Poco antes de los setentas, el trabajo de Javier Niño entra decisivamente a otra etapa en la que el color cobra una importancia cardinal y aparece la metáfora. Ya no se trata de una mera traslación de lo que sus ojos ven. Sus temas: la flora y la fauna, los personajes y la estructura arquitectónica de Puerto Vallarta, convergen en una suerte de caleidoscopio de analogías y simbolismos con una clara intención estética. Sus contenidos dan cuenta no sólo de la realidad sino también de la irrealidad y la fantasía, apartándose así de lo estrictamente naif y acercándose al realismo mágico, aun cuando los límites de ambos territorios resultan difíciles de definir con exactitud dado que se invaden con mucha frecuencia. Javier Niño tiene hambre por conocer y experimentar vetas diferentes de expresión. Acomete estilos y corrientes artísticas diferentes y tales giros se convierten en el motivo principal de su vida. Produce obra impresionista mediante la cual explora temas de lectura universal, yendo más allá de su entorno local, ensaya la abstracción y la geometría y descubre incluso el disfrute de la creación automática que, de acuerdo a los cánones del surrealismo, es el trabajo que el creador realiza sin programación previa, en ausencia de conciencia, y ejecutando sólo lo que su emoción inteligente y sin filtros le dicta. En 1970 Javier Niño emigra al Distrito Federal. Sus padres lo habían enviado allá para que estudiara la carrera de Leyes. Pero Javier Niño tenía otros planes y, sin la anuencia de su familia, se matriculó en la mejor institución para la enseñanza de arte en el país: La Escuela Nacional de Artes Plásticas, La Academia de San Carlos, para estudiar Pintura. Esta institución, fundada en 1781 por el Rey Carlos III de España, fue la primera academia en el continente americano y albergó el primer museo de arte en Latinoamérica. Javier obtiene así, durante sus años de formación profesional en San Carlos, el conocimiento técnico y teórico del arte que se había propuesto conseguir, sin embargo, su espíritu rebelde le impide apegarse sin más a las corrientes artísticas de moda y persiste en la búsqueda de nuevos retos estilísticos que deriven en una mayor satisfacción personal. En 1973, Javier Niño regresa a su natal Puerto Vallarta. La obra que produce entonces con el tema de Vallarta da muestra de mayor fuerza y solidez. El manejo del espacio en sus trabajos ha adquirido evidentes dimensión y profundidad en composiciones muy equilibradas y pulcras en las que, elementos de factura realista aparecen en grata convivencia con otros elementos y contextos aparentemente, y sólo a primera vista, de concepción naif. En 1978 Javier Niño organiza con el Grupo Vallarta, conformado por él mismo, José Marca, Juan Pueblo y Kathy Huet, la Primera Muestra de Arte Vallartense que se exhibe en el Hotel Camino Real Puerto Vallarta y posteriormente, en Marina del Rey, California. Con el patrocinio de Ciudades Hermanas, en 1980 y 1981, Javier Niño viaja a Santa Bárbara para la ejecución de dos murales efímeros en la Casa de la Raza. En ambas ocasiones, su obra es exhibida en el Teatro Arlington. En 1984, celebra una nueva exhibición en Santa Bárbara, en esta ocasión, en el edificio de la Courthouse y, en 1985, en conjunto con Manuel Unzueta, pinta el mural “La Hermandad” para el Santa Barbara Junior High School. Ese mismo año, exhibe en el 3215 East Foothill, en Los Angeles, California. Quizá impelido por su perenne apetito por el aprendizaje de nuevas técnicas y recursos para la creación plástica, en 1984 Javier Niño decide incorporarse al taller de Rafael Cauduro en donde permanece algunos meses. Javier Niño exhibe en la capital del país en la Casa de la Cultura Benito Juárez (1988) y en el Hotel Crown Plaza Holiday Inn (1992). En 1993 exhibe en el Museo de la Guerra de Santa Bárbara y realiza un mural para el ISSSTE Puerto Vallarta. En 1995 Javier Niño imparte un taller de arte para los estudiantes de Isla Vista School, en Goleta, California. En 2004 Javier Niño realiza el mural “Amistad” en Highland Park, Illinois y recibe del alcalde las Llaves de la Ciudad. En 2006 exhibe en el Port Clinton Art Festival de Highland Park. Participa, en el año 2007, en la subasta New Yorker Passport to the Arts, en Nueva York. En el 2009 su obra es seleccionada como imagen del Torneo Internacional de Pez Vela Puerto Vallarta. En 2011 Javier Niño realiza el mural “Alegoría”, que luego de su exhibición durante algunos meses en el patio central de la Presidencia Municipal fue instalado, de manera permanente, en el Aeropuerto Internacional Gustavo Díaz Ordaz de Puerto Vallarta.